La tuberculosis es una enfermedad infecciosa transmisible causada por las especies del complejo Mycobacterium tuberculosis, de evolución crónica y caracterizada por la formación de granulomas o nódulos en los tejidos infectados. Aunque puede afectar prácticamente a cualquier órgano, la tuberculosis pulmonar constituye un 75% de todas las formas de tuberculosis y es la que contribuye de forma fundamental a la transmisión y, por lo tanto, al mantenimiento de la enfermedad tuberculosa. Los nódulos, denominados tuberculomas, son redondeados, de color blanco amarillento y duros durante su evolución, que se reblandecen y adquieren el aspecto y consistencia de pus; son los responsables de la cavitación (formación de cavernas) de los tejidos, con la consiguiente pérdida de función del órgano afectado. La tuberculosis sigue siendo una de las enfermedades infecciosas con mayor morbimortalidad en muchos países y un importante problema de salud pública, registrándose anualmente 10 millones de casos anuales a nivel mundial; se estima que un tercio de la población mundial está infectado, representando un reservorio que condiciona que se produzcan anualmente millones de casos nuevos. El tratamiento de la tuberculosis debe considerarse desde una doble vertiente: la actuación individual que supone la curación de un paciente enfermo y como una medida de salud pública que trata de interrumpir la cadena de transmisión de la enfermedad. Por otra parte, el control de la tuberculosis no sólo depende de la prescripción de un tratamiento correcto, sino de asegurar su administración durante el tiempo adecuado y del estudio de los contactos de los pacientes. El papel del farmacéutico en la lucha contra la tuberculosis tiene una doble y fundamental misión: actuar como profesional de la salud pública y asistir de forma individualizada a los pacientes y sujetos expuestos a la enfermedad, facilitando en unos casos su encauzamiento hacia el diagnóstico médico y tras la instauración del tratamiento pertinente, facilitar un seguimiento farmacoterapéutico que optimice los resultados terapéuticos y reduzca el riesgo de interacciones y efectos adversos clínicamente relevantes.
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