Dos lugares bíblicos, Belén y Betel, sirven para comprender el presente de la parroquia y permiten articular un proyecto de futuro en el que conjugar dos elementos fundamentales: la parroquia como lugar de presencia de Dios en un mundo secularizado, y la parroquia como el lugar de la comunidad cristiana, donde todos se sientan responsables del anuncio del Evangelio y de la marcha de la misma comunidad. Una parroquia abierta a todos desde la realidad de un mundo plural, pero que no se deja contaminar de mundanidad.
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