Cuando hablamos de perdón y reconciliación pensamos de entrada en el proceso personal que puede hacer quien se considera pecador.
Apenas pensamos en las realidades conflictuales entre familias, grupos sociales, grupos étnicos o naciones. Juan Pablo II habló en 1984 del pecado social como una especie de suma, de concentración de pecados personales. ¿Podemos quedarnos con esta perspectiva de suma? En realidad, si el individuo contribuye a marcar un espacio social por medio de su pecado, entonces cada persona y su acción viene a su vez marcada por estructuras sociales previas. De esta observación debería ser posible derivar una ritualización que originase un proceso comunitario con una absolución colectiva.
© 2001-2026 Fundación Dialnet · Todos los derechos reservados