El descanso es vital, desde la noche de los tiempos, para el cuerpo y para el espíritu. Supone reconocer su necesidad, en un mundo donde es tan difícil aceptar que se está cansado y suspender una actividad.
El descanso verdadero es el del corazón que tranquiliza, relaja y nutre nuestra afectividad profunda. Solo se consigue descansando en Dios. “Yo duermo, pero mi corazón vigila”, dice el salmista. Agustín retoma todo esto en su célebre frase: “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esto no se consigue sin trabajo, sin combate contra nuestra voluntad de dominarlo todo. Trabajar en descansar.
Algo así como pintar la oscuridad, narrar lo indecible, poner el silencio en música… Las páginas que siguen quisieran sugerir que este trabajo y este descanso conciernen a la felicidad.
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