En el Monterrey académico de principios de este siglo, pronunciar el nombre de Omar Raúl era referirse, por antonomasia, al del periodista capitalino –”chilango”, decía él– que estaba escribiendo páginas brillantes en los anales de la historia de “el mejor oficio del mundo” (Gabriel García Márquez dixit) y que tenía una fiebre incontrolable por trascender más allá de las fronteras no solamente de la ciudad de México sino del país mismo.
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