Para lograr una disminución de caries, se han sugerido políticas nacionales para reducir el consumo de azúcares a la mitad de los niveles actuales, un método que supone que la experiencia de caries está directamente relacionada a la cantidad de azúcar que se ingiere. Este trabajo utiliza datos del estudio dietético de Michigan para examinar si esas políticas serían efectivas. Durante un período de tres años, el estudio de Michigan (1982-1985) recogió información detallada sobre la dieta y frecuencia de caries en 499 niños de 10 a 15 años de edad. Los resultados demostraron que la incidencia de caries no estaba muy relacionada con el consumo de azúcares, evaluado como cantidad total diaria o consumo entre comidas, o azúcares como proporción de la energía total o como frecuencia de consumo. Los varones consumieron diariamente un promedio de 156 g de azúcares de distintas fuentes, y las mujeres 127 g. La incidencia media de caries, durante los tres años, fue 2,9 CAOS. Cuando se dividió a los niños en cuartiles por cantidades de azúcares ingeridos, los incluidos en el cuartil más alto, comparados con los más bajos, tenían un riesgo relativo de 1,22 de que se produjeran caries. Este riesgo relativo aumentó a 1,80 con relación a lesiones proximales. Los riesgos fueron similares cuando se restringió el consumo de azúcares entre comidas. Si el consumo de azúcar en esta población fue reducido a la mitad de los niveles actuales, el consumo de grasas probablemente aumentaría de su nivel actual de 38 por ciento de energía total, a aproximadamente un 47 por ciento. Las políticas nacionales para restringir el consumo de azúcares podrían ser, por lo tanto, no sólo caras e ineficaces, sino que también podrían perjudicar la salud pública al conducir inadvertidamente a un mayor consumo de grasas.
National policies to reduce consumption of sugars to about half of their current levels have been suggested to reduce caries, an approach which assumes that caries experience is directly related to amounts of sugars consumed. This paper uses data from the Michigan diet study to question whether such policies would be effective. The Michigan study (1982-1985) collected detailed dietary information and caries incidence over a three-year period on 499 children aged 10-15 years at baseline. Results showed that caries incidence was poorly related to sugars intake, whether measured as total daily amont, between-meal intake, sugars as a proportion of total energy, or frequency of consumption. Boys had an average daily consumption of 156 g of sugars from all sources, girls 127 g. Mean caries incidence was 2.9 DMFS over the three years. When children were divided into quartiles by amounts of sugars consumed, those in the highest quartile, compared to the lowest, had a relative risk of 1.22 of developing caries. This relative risk rose lo 1.80 for proximal lesions. The riks were similar when consumption was restricted to between-meal sugars. If consumption of sugars were to be cut to half that of present levels in this population, fat consumption would be likely to rise from its present level of 38 per cent of total energy to around 47 per cent. National policies to restrict consumption of sugars might therefore be not only expensive and ineffective, but could damage the public health by inadvertently leading to higher consumption of fats.
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