Si consideramos a Sota como un digno heredero de la tradición moderna que le aporta ideas y formas, la concepción amplia del estilo al que permanecerá fiel durante toda su carrera, y el interés por la técnica contemporánea que imbrica la arquitectura en los medios de producción propios de su época, pudiera parecer que nada de esto singulariza su figura dentro del panorama de la arquitectura de su tiempo, y sin embargo ocurre justo lo contrario.
La obra de Alejandro de la Sota transita con firmeza y sin dejarse contaminar a través de los movimientos revisionistas de los cánones modernos, y sobrevive a todos gracias a su heterodoxia con respecto a los aspectos más dogmáticos de la cultura del proyecto asociada a esa modernidad. Su concepción del espacio abierto o la fascinación por la técnica poco tienen que ver con la manifestación puramente visual de códigos formales o posibilidades constructivas, sino con la voluntad de solventar la distancia que separa al ser humano de la naturaleza, exigiendo de la arquitectura una capacidad de renuncia a imponer su presencia como limitadora de la existencia, a disolverse en el medio físico natural para, mediante esa desaparición, no oponerse al completo disfrute de la vida del ser humano como parte de esa misma naturaleza. Esta voluntad de renuncia y disolución alcanza a la propia figura del arquitecto entendido como artista individual, como último depositario de la herencia romántica filtrada a través de los formalismos característicos de la vanguardia histórica. Sota se distancia de esa actitud, pero lo hace, y tal vez ahí radique en buena medida la fascinación que su obra sigue ejerciendo, con una solvencia estética poco frecuente. Fruto del cultivo de una sensibilidad ajena a los cánones disciplinares, el autor se aleja de la arquitectura para así otorgarle su sentido más pleno y esencialmente humano, al afrontarla como aquella actividad que nos concilia con nuestro mundo para poder disfrutarlo plenamente. En este sentido, su voluntad de restar excepcionalidad a las mejores virtudes de la arquitectura moderna, imbricar esas cualidades en la práctica arquitectónica más cotidiana y anónima, se acerca a las intenciones que motivaron el programa de las Case Study Houses californianas. La presentación de esas casas desde una revista destinada a la ‘clase media’, al ciudadano anónimo, las vincula estrechamente con la voluntad de renuncia que Sota persiguió tenazmente, esa arquitectura comercial profunda en la que él creyó. La belleza sin retórica de aquellas casas, tan acordes con las posibilidades técnicas asociadas a su época, transmite una intensa sensación de armonía, alejada de la vulgaridad habitual en la construcción concebida como mero valor de uso y consumo. La intención de dotar de significado a nuestra existencia construyendo el marco adecuado está en el origen de la utopía a la que el proyecto moderno dio forma, de ese valioso legado cultural que Sota administró con fidelidad y constancia, proyectándose hacia el futuro como ejemplo y posibilidad para algunas de las experiencias arquitectónicas más estimulantes de nuestra época.
Palabras clave: Alejandro de la Sota, tradición moderna, heterodoxia, naturaleza, renuncia.
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