Resulta conocido el tradicional rechazo que ha existido en los círculos intelectuales hacia la vivienda acomodada.
Rechazo que con matices podría afirmarse que persiste hoy. Los casos en los que el arquitecto se convierte en promotor, ya sea de forma exclusiva o compartida, no merecen ningún tipo de consideración, y eso que sólo en Madrid existen ejemplos de arquitectos de primerísimo nivel, como Zuazo, Gutiérrez Soto o Lamela.
Significativos exponentes de esta corriente crítica son arquitectos tan distintos como Antonio Fernández Alba, que ha criticado con dureza las intervenciones privadas consecuencia del sistema capitalista por el mero hecho de serlo, o Alejandro de la Sota, quien afirmó en 1982 que “la arquitectura es intelectual o es popular. Lo demás es un negocio”.
Ruiz de la Prada (Madrid, 1927), se sitúa en una postura intermedia, ya que afronta la aventura de arquitectopromotor con una arquitectura intelectual. Sus cuatro edificios de viviendas de ladrillo muestran que esa doble vertiente es posible. En la búsqueda de la belleza, no dudó en sacrificar parte de su beneficio como promotor:
compró unos barcos para utilizar la madera de las cubiertas como revestimiento para las fachadas, fabricó el ladrillo a partir de un cuadro de César Manrique o incorporó a artistas de talento para integrar arte y arquitectura.
En un momento en que se discute el valor de la aportación del arquitecto, la aventura de Ruiz de la Prada constituye un interesante y poco conocido ejemplo de lo valioso de la misma.
Palabras clave: Ruiz de la Prada, Madrid, vivienda.
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