Más allá de una estricta respuesta arquitectónica a un determinado programa de requerimientos, este edificio supone resolver el problema que supone la implantación de un objeto construido de dimensiones relativamente contenidas, en un paisaje tan singular como es el de un puerto, dominado por una determinada escala y una imagen característica de la obra pública. El uso un tanto brutalista del hormigón en su resolución exterior es un recurso de gran eficacia en este empeño de definir unos términos satisfactorios para el diálogo entre el nuevo edificio y su entorno inmediato.
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