No fueron pocas las ocasiones en que, durante mis días madrileños, me encontré y conversé con don José María Pemán. Lo visité también en su casa de la calle Felipe IV, cuyos balcones encristalados se asomaban a la fachada lateral de la Real Academia. De su persona como de sus escritos, irradiaba la simpatía. El plante garboso, el ceceo gaditano, la sonrisa amplia, el ademán acogedor tornaban fácil y deliciosa la entrevista o la conversación.
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