Desde el momento en que pisó tierra firme, se hizo al propósito de conocer la extensión del puerto a la vez que hacerse a un buen fajo de billetes. Se le vio trampear con la baraja en los casinos a donde llegaban los tahúres de todos los pelambres y más tarde repartir fichas de dominó a los chinos del parque de los ciervos, perdiendo cada vez mayor cantidad de dinero por lo que en un arranque de desesperación optó por apostarlo todo a los números mágicos de su destino y perdió.
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