El patio de la cárcel era un fangal. Por dos semanas no había dejado de llover, de soplar viento huracanado, de hacer frío. El único sitio donde los presos de aquel pueblecito cundinamarqués podian hacer un poco de ejercicio, para desentumecer las articulaciones, estaba convertido en un rectángulo de agua estancada, en algunos rincones ya con tonos verdosos de descomposición, donde zumbaban nubes de mosquitos.
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