El viajero que va por los caminos de la historia halla a veces para su cansancio remansos de susurrante frescura e ilustres epitafios, a la sombra de mirtos y de adelfas, donde perfuma el asfodelo. Esa es la sensación del estudioso cuando en sus pesquisas, por empolvados anaqueles, tropieza con las Poesías de don Fidel Cano (Medellín, 1887).
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