Demasiado terco para percibir el paso del tiempo, Alejandro Obregón ha logrado que su furiosa vitalidad impregne todo cuanto toca. Así lo pienso, viéndolo en su casa de Cartagena, cerca de las flores que pintaba su abuelo, el que fue alcalde de Barcelona. España; el mismo que oía ópera, por teléfono, desde su lecho de enfermo.
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