Haber ido a muchos países, a muchos mares, a muchos puertos, a muchas ciudades y a muchos sitios lejanos y, al regresar al solar nativo, no encontrar, en la casa paterna, al buen hermano que le diga, como en "las mil noches y una noche": "Hermano mío, he aquí mil sequíes, compra camellos y no viajes más", no deja de ser, sin duda, una gran tristeza. Pero es, al mismo tiempo, una hermosa alegría porque así existe el compromiso de echar el ancla y de no partir, en lo sucesivo, hacia ningún remoto horizonte.
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