El critico de arte no quería hacer nada esa tarde. Después de pasar el guayabo de la rumba anterior, se había levantado dispuesto a hacer inventario de las cosas que tenía por trabajar, entre ellas un reportaje al amigo pintor de piedras que la noche anterior lo había buscado hasta el lugar donde todos los días refugiaba su vagancia u oficio de pensador.
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