Doña Dolores, aquella señora alta, enjuta, amarillenta, no se cansaba de lamentar su viudez, la vida llevada a pujos, la miseria y el hambre, en trabajar como una negra, ella, criada en tanta delicadeza; y Pedrito, el difunto y siempre recordado esposo, que no la dejaba mover una paja, que la mantuvo siempre como oro en polvo, ahora sola, sin apoyo en la vida y con tres hijas!
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