Luego de un siglo caracterizado por su dependencia endémica con el poder político y la publicidad oficial, el periodismo mexicano –que adeudaba a la sociedad trabajar con autonomía editorial y financiera– acabó presa de la confusión por la violencia. De acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos, entre 2000 y agosto de 2011, 74 periodistas fueron asesinados y la mayoría de las investigaciones permanecen abiertas. Es tal la gravedad de la situación, que algunos organismos internacionales han catalogado a México como el segundo país más peligroso para el ejercicio periodístico –sólo después de Irak–.
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