La facultad de “habitar” el mundo es una de las capacidades fundamentales que nos define como seres humanos. Cuando el hombre se hace consciente de que, en efecto, “habita” el espacio, logra establecer diálogos fecundos con el entorno y se dimensiona en su propia realidad ontológica. La fenomenología y su prolija reflexión sobre los “actos” nos despeja el camino para transitar desde un estéril “residir y subsistir” hacia un fecundo “habitar y ser”.
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