El faraón aseguraba sin pudor que si había que contraer deudas lo mejor era hacerlo con quienes suponían una mayor amenaza, y que en lo posible fuesen tan grandes que los acreedores se preocuparan por la vida del deudor a fin de poder recuperar su inversión algún día. La codicia de Roma era de tal magnitud que en aquella época muchos caballeros romanos prestaban a un interés del 48%. Auletes pensó que no podría hallar un mejor socio que Pompeyo, y para buscar su protección le envió a Damasco una corona de oro valorada en 4.000 talentos. A su muerte, Auletes debía aún a César y Pompeyo nada menos que treinta y cinco millones de denarios.
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