De los tres grandes ejes que cita Vilar (2006), es aquel que hace mención a la “construcción de un sistema deontológico de referencia que defina el posicionamiento moral”, el que traemos ahora a colación aquí; aún a riesgo de redundar una vez más, de manera contumaz y harto frecuente, en los tópicos sobre los que la ética, pero en mayor medida la moral, ha elaborado su discurso, a día de hoy un tanto anacrónico.
Los tiempos cambian, qué duda cabe, pero lo que no está tan claro es que con ellos vayan a cambiar también aquellas estructuras homogéneas ancladas en el inmovilismo, elaboradas al amparo de unas guías de referencia que dejan en evidencia los cánones por los que se rige una profesión –por fortuna- todavía joven y esperanzada, y con gente a su alrededor dispuesta a facilitar los cambios que de ella se esperan.
Hablar en términos de regeneración implicaría el peligro de acabar transmitiendo cierto desaliento, con un tiempo pretérito, cuya responsabilidad no pienso permitir que se me confiera, ni por mí ni por un colectivo al que no represento en cualquier caso. Si hay algo que verdaderamente nos ha enseñado la deontología profesional, es a asumir nuestras propias acciones sin necesidad de ampararlas en los ambages que ciertas mayorías gremiales se atreven a esgrimir, aún a riesgo de acabar hipotecando el crédito de una profesión añeja que les ha proveído de todo lo que son y más.
Por eso, con el convencimiento de saberse exonerado de ligaduras impuestas por extemporáneos corporativismos, se redactan estas líneas sin el menor desafío, y siempre a rebufo de lo que Hansen (2002:51) entiende por sensibilidad moral, es decir: “la importancia del modo en que un educador piensa y actúa, y no sólo de lo que dice o hace”.
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