Una parte sustancial de la crítica coincide en que el sentido de pertenencia desarrollado en What We All Long For va más allá del ámbito nacional, y que la noción de identidad se construye, de forma transcultural, a partir de afiliaciones urbanas. En este artículo estudio el papel central del arte como medio de revelar el interés creciente de Dionne Brand por las dimensiones afectivas de relaciones socio-culturales variadas, así como por sus implicaciones para una nueva visión de las ideas de comunidad y ciudadanía. En este contexto, se interpreta el concepto de �cosmopolitismo vernáculo,� desarrollado por Stuart Hall (2002), como una forma de articular el significado político de emociones y lealtades en conflicto, en el ámbito del debate sobre la identidad cosmopolita. La propuesta de Hall invita a poner en valor un desarrollo afectivo de la ciudadanía, atento a sujetos públicos capaces de cuestionar las políticas identitarias dominantes en el terreno del registro emocional. Basándome en el ensayo de Sarah Ahmed, The Cultural Politics of Emotion (2004) y en el concepto de �intimidad crítica� desarrollado por Gayatri Chakravorty Spivak (1999), en este trabajo propongo que una parte de la atención de Brand en esta novela se centra en el papel de las emociones incómodas para reconducir las actitudes y en la función del arte para movilizar nuevas conexiones cívicoafectivas.
De este modo, el arte en What We All Long For se instituye en un espacio desde el que articular y promover la afectividad ciudadana.
Most critical readings of What We All Long For argue that belonging in this text is overtly anti-national and that identity is restructured around notions of urban or transcultural affiliation. This paper offers a close reading of the central role art plays in the novel in order to disclose Brand�s nascent interest in the affective dimensions of socio-cultural entanglements and their implication for re-conceiving community and citizenship. Stuart Hall�s concept of �vernacular cosmopolitanism� (2002) is read as an attempt to articulate the political significance of conflicting emotions and loyalties in arguments about cosmopolitan belonging. Hall�s observation calls for the recognition of an affective citizenship that is attentive to embodied political subjects who are capable of challenging dominant identity politics on a terrain defined by the emotional registers of the political. Drawing on Sarah Ahmed�s The Cultural Politics of Emotion (2004) and on Gayatri Chakravorty Spivak�s notion of �critical intimacy� (1999), this essay argues that Brand�s novel draws attention to the role of uncomfortable emotions in redirecting reason, as well as to the role of art in mobilizing affective civic reconnection. Art in Brand�s What We All Long For is claimed as a space where affective citizenship can be articulated and practiced.
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