Parece seguir teniendo siempre la firmeza inquebrantable de algo comprensible de suyo y, además, ampliamente reconocido, el mandamiento del amor de la así llamada Biblia; en su desdoblamiento acostumbrado, es decir, como amor a Dios y al prójimo. En tal mandamiento estaba cabalmente determinado quién se suponía que era ese «Dios», a saber, el Dios del pueblo de Israel, esto es, el de Abraham, el de Isaac y el de Jacob; y de tal suerte también el «prójimo» estaba determinado de un modo suficiente, en cuanto miembro del pueblo. Precisamente a estos dos términos el antiguo mandamiento apela de manera perentoria.
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