"El arte tiene la erótica del dinero", afirmó Thomas Hoving, director del Metropolitan neoyorquino en los años setenta del siglo pasado y quien lo situó entre los más importantes del mundo. Hoving sabía de qué hablaba, y conocía el poder que el dinero tenía no ya en la posesión y compra de obras artísticas, sino en su propia definición, en la secreta ortografía del arte con que algunas obras entrarían en el círculo iluminado por el éxito y la gloria. Porque el arte no es lo que elaboran los artistas, sino aquello que es señalado por quienes tienen el poder y el dinero.
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