En las últimas semanas, un nuevo actor ha entrado en tromba en la campaña electoral del 27-S. Se trata de los empresarios, convertidos en objeto de deseo por el que pelean los dos bandos en liza en este proceso. Así, tras un largo, prudente y a veces criticado silencio, finalmente muchos pesos pesados –entre ellos algunos del Ibex-35, Cámaras de Comercio, Foment y el último, la CEOE y Rosell– se han mojado con declaraciones en contra del proceso de independencia. Al mismo tiempo, parte del pequeño y mediano empresariado catalán se ha lanzado –con prudencia– al ruedo en favor de las tesis de Artur Mas. El resultado: una división destinada a radicalizarse y que pone en riesgo el actual equilibrio de fuerzas dentro de la patronal.
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