Era invierno, 17 de febrero del año 1600. En la ciudad papal de Roma el gentío acudía a la Piazza di Campo dei Fiori, ávido por asistir a un acontecimiento excepcional. En el lugar que cotidianamente acogía un activo mercado de caballos había también espacio para el patíbulo. Allí un hereje, un hombre que había desafiado con arrogancia la autoridad de la Iglesia y vertido opiniones contrarias a los credos cristianos, era guiado hacia la pira donde consumiría sus últimos momentos. Los verdugos, serenos y obedientes, le desnudaron y aprisionaron su lengua con un cepo para impedirle pronunciar afrentosas palabras. Instantes después el fuego, lamiendo sus carnes, oficiaba la ceremonia del suplicio y apagaba la vida de Giordano Bruno, filósofo eminente, también controvertido, cuya figura comenzó a agitarse desde las sombras mismas de su terrible fin.
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