En la segunda mitad de abril ganaba adeptos en Estados Unidos la solución militar impulsada , sobre todo, por los "jingoes" del Congreso y por el subsecretario de Marina, Theodore Roosevelt, el más intervencionista de todos ellos. Entre tanto, la situación militar española era muy deficiente: en Filipinas mandaba el general Augustín, un hombre poco hábil y escasamente resuelto; en Cuba, un general palaciego, Blanco, cuyas precauciones militares fueron nulas. El manejo que se hizo de la Escuadra resultó nefasto: Cervera llegó a las Azores casi sin carbón, con barcos muy inferiores a los norteamericanos y, además, mal equipados y preparados para la lucha. El Desastre era ineludible.
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