Los primeros santos fueron los mártires de las persecuciones romanas. Después, poco a poco, tras la paz constantiniana, han sido venerados los confesores, o en otras palabras, los grandes obispos y los ascetas. Sus tumbas se convirtieron en lugares de culto. Se celebraba sobre todo el aniversario de sus muertes. No había ninguna investigación, ningún tribunal, ningún juicio. Se trataba de verdaderas canonizaciones populares. Este elemento, es decir, la espontánea fama de santidad, fue siempre exigido en la Iglesia para las canonizaciones. Se puede decir que la Iglesia se ha encontrado en posesión del culto de los santos como un estado de hecho y no como el resultado de una enseñanza doctrinal. Ahora bien, ante ciertos abusos, la Iglesia ha debido proceder, con prudencia y cautela, en todas las épocas, antes de conceder el reconocimiento del culto público a un siervo de Dios. Durante la época medieval se iría formando una praxis uniforme. De la exaltación más o menos popular a los altares se pasa al ejercicio del monopolio pontificio
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