Este artículo se propone analizar las tres fidelidades de Richelieu : hacia Dios, el Rey y su Ministerio. Las dos primeras fueron respetadas por el Cardenal gracias a su visión tridentina y galicana. Teólogo reformado y hombre de acción, Richelieu supo respetar su fidelidad respecto a la Iglesia, sometiéndola a la autoridad suprema del Rey. Esta actitud se expresó también respecto a la reina madre María de Médicis, que él « traicionó » en nombre del vínculo que había establecido con el rey. Más compleja, incluso contradictoria, aparece su tercera fidelidad respecto a su Ministerio. A medida que se volvió la segunda potencia del reino, el « compañero » del Rey en la gestión de la res publica, elaboró una teoría y una práctica del Valimiento como sistema que lo alejó progresivamente de su subordinación al rey hasta convertirse en una autoridad antagónica, capaz de superar la del soberano. Su monopolio sobre la cultura y su inmenso aparato de propaganda le presentaron, a lo largo de la década de 1630, como un segundo astro, como el ministro-sol de Francia, cuya posición era tan indispensable en la monarquía como la del Rey. Hacia el final de su valimiento, la lealtad de Richelieu aparece, así pues, marcada por la tentación de convertirse en el igual del soberano y de transformar la monarquía en diarquía. Este desdoblamiento de la autoridad real fue condenada abiertamente por Luis XIV. Sólo la muerte del ministro restableció el reinado a su orden natural
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