Durante el primer tercio del siglo XX la crisis de las ciencias trajo consigo el titubeo de los fundamentos mismos de la actividad filosófica. La fenomenología no fue ajena a ese cuestionamiento: el último Husserl sitió la tentación de poner su método contra las cuerdas. Aquella coyuntura fue también un escenario político extremo, donde la crisis del fundamento adquirió su rostro más evidente. En este sentido, el texto husserliano de 1935 sobre La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental puso sobre la mesa la necesidad de repensar los vínculos entre la fenomenología y la política.
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