La forma habitual de diferenciar la conducta debida, en un enfrentamiento bélico, a soldados y a civiles descansa en la prescripción universal de no matar, que, por un lado, debe regir estrictamente el trato a la población civil y que, por otro, admite la excepción de quitar la vida a combatientes enemigos como un acto de legítima defensa. El autor critica este planteamiento y esboza una manera diferente de entender y justificar la distinción moral entre soldados y civiles
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