El estudio de las etiologías de las enfermedades de la Antigüedad es habitualmente un ejercicio intelectual especulativo. Cuando se atribuye una etiología específica a una enfermedad antigua, existe el riesgo de cometer el error metodológico historiográfico del presentismo. La autoridad del investigador, más que el peso de la verdad científica, suele ser la razón por la que el diagnóstico retrospectivo se mantiene en el tiempo.
La gran epidemia que comenzó en 164/165d. C. pudo ser viruela hemorrágica. Claudio Galeno describió los síntomas en su magna Opera omnia, razón por la que se la conoce como peste de Galeno o antonina. La epidemia fue descrita por primera vez en Seleucia (Mesopotamia), pero se desconoce el origen geográfico real. Proponemos que pudo comenzar en el reino de la antigua dinastía Han (actual República Popular de China). La epidemia arrasó todo el Imperio romano. Causó una gran morbididad y una alta mortalidad y se considera una de las principales razones de la caída y destrucción del Imperio romano.
Existe un general consenso respecto a que Marco Aurelio Antonino, filósofo y emperador, padeció esta infección, y que murió a consecuencia de ella el 17 de marzo de 180d. C. en Vindobona, cerca de la actual Viena. Consideramos que no es posible asegurar estos diagnósticos. Por otra parte, la epidemia de los años 189-190d. C., que denominamos de Cómodo, fue probablemente una infección diferente, pues afectó a hombres y animales. En este sentido, tiene más en común con las denominadas peste de Atenas y peste de Justiniano que con la peste de Galeno.
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