Mediaba el siglo XIX cuando un vocablo de fuerte raíz arcaizante, sugestivo y tal vez no demasiado explícito, rotuló un cúmulo de cosas a las cuales Europa se había aficionado desde hacía tiempo. Eran cosas pequeñas, casi intrascendentes frente al bagaje de las ciencias ya formalmente constituidas; cosas antiguas pero vivas, latentes y funcionales en los estratos sociales culturalmente no elevados que habían hecho de ellas su patrimonio, herencia tal vez milenaria.
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