Para poder leer un rostro debe estar cerca de nosotros, separado del ambiente que lo circunda que fácilmente podría distraernos (aunque ésta es una imposibilidad técnica del teatro) y hay que retener la posibilidad de permanecer vecino a él. El cine exige un refinamiento y una seguridad de mímica que el actor exclusivamente teatral ni siquiera puede sospechar. Porque en el primer plano la más pequeña arruga del rostro se transforma en una fundamental línea de carácter, cada fugitiva vibración de un músculo tiene su particular pathos, que comprende y es índice de los grandes sucesos interiores, el primer plano de un rostro... Debe ser un estrato lírico de todo el drama.
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