Enmarcado en el proyecto de investigación en el que trabajo: �La Ética Discursiva Aplicada a la Cultura para la Paz� 1 me propongo analizar la propuesta de A. Honneth de la Ética del Reconocimiento. A. Honneth pertenece a la llamada tercera generación de la escuela de Frankfurt, por tanto se inserta en la tradición de la filosofía del discurso. Quiero aplicar su propuesta a las consideraciones que se vienen manteniendo por algunas feministas, especialmente S. Benhabib, sobre el sujeto incardinado, arraigado, concreto.
Entiendo que una Cultura para la Paz debe ser consciente de la dialéctica entre la necesidad de una teoría de la justicia universalizable y al mismo tiempo la necesidad de reconocer las múltiples diferencias existentes entre los seres humanos.
Quizá sería útil aquí distinguir entre un universalismo sustitucionalista y un universalismo interactivo, como hace Seyla Benhabib (1990). El universalismo sustitucionalista corresponde a la gran mayoría de las teorías morales universalistas de la tradición occidental, son sustitucionalistas en tanto que tienden a identificar las experiencias de un grupo concreto de sujetos con la humanidad en general. Principalmente, ese grupo concreto de sujetos esta formado por adultos blancos, varones y del norte. El universalismo sustitucionalista se caracteriza por la homogeneización y la prevalencia del pensamiento único, por el igualitarismo que no la igualdad. En cambio el universalismo interactivo considera que «la diferencia es un punto de partida para la reflexión y para la acción» (Benhabib, 1990: 127) aunque está de acuerdo con el universalismo sustitucionalista en que las disputas normativas se pueden llevar a cabo de manera racional, y que la justicia, la reciprocidad, y algún procedimiento de universalizabilidad, son condiciones necesarias.
El universalismo sustitucionalista descarta al otro concreto, mientras que el universalismo interactivo reconoce que todo otro generalizado también es otro concreto. Abogo por este sentido de universalidad, que no difumina nuestra identidad, sino que, como ideal regulativo, incluso promueve transformaciones políticas que tengan en cuenta todos los puntos de vista.
Para defenderlo aplicaré la ética del reconocimiento de Honneth al concepto de sujeto incardinado de S. Benhabib.
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