La inmunosupresión en el paciente pediátrico puede ser debida a inmunodeficiencias primarias y secundarias o adquiridas. Las inmunodeficiencias primarias son afecciones poco frecuentes, se manifiestan, generalmente, durante los primeros años de vida. Se pueden agrupar en deficiencias predominantes de anticuerpos, de complemento, de fagocitos, de la inmunidad celular, humoral y combinadas. Éstas últimas son graves y conducen a la muerte, salvo que se efectúe trasplante de médula ósea. Las inmunodeficiencias secundarias o adquiridas son un grupo amplio de afecciones, mucho más frecuentes que las primarias. La más frecuente en los países desarrollados es la infección por VlH y las inducidas por inmunosupresores, como parte del tratamiento oncológico, en el trasplante de médula ósea y el trasplante de órganos. En los países subdesarrollados, a excepción de la infección por el VIH, la malnutrición ocupa el primer lugar de inmunodeficiencia secundaria. El diagnóstico de estos cuadros se hace por antecedentes de infecciones recurrentes por organismos poco habituales o mala respuesta al tratamiento, así como fenómenos de autoinmunidad, alergia o retraso de crecimiento, y el diagnóstico se complementa con la exploración inmunológica y serológica si se sospecha la infección por el VIH. Los síntomas habituales en el paciente inmunosuprimido son secundarios a infecciones virales, bacterianas, micóticas y por las alteraciones inmunológicas y reactivas a la medicación y a los trastornos hematológicos.
En odontopediatría adquieren interés las inmunodeficiencias secundarias por su frecuencia y por sus implicaciones odontoestomatológicas, ya sea bien por las manifestaciones orales de estos procesos, útiles en el diagnóstico, control clínico, como por las necesidades de tratamiento de las alteraciones en la mucosa oral, periodonto, dientes, etc. Entre ellos distinguimos:
1. El paciente oncológico.
2. El paciente órgano-trasplantado.
3. Paciente infectado por VIH.
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