Los espíritus puros pertenecen, si acaso, a universos que el ser humano aún desconoce. Lo propio de este mundo es que las cosas se ofrezcan mestizas, simultáneas, polisémicas, paradójicas, confusas, caóticas, no lineales: complejas, en definitiva. Por eso no aciertan quienes, desde la Ilustración a nuestros días, defienden la fragmentación de las artes y las ciencias. Por eso también simplifican y yerran quienes sostienen que se puede alcanzar un gran saber sobre lo humano a base de especializarse en algo muy singular y concreto. Por eso da en el punto quien dijo aquello de �nada de lo humano me es ajeno� (Terencio).
Quizá se pueda alcanzar la sabiduría volcando la vida profesional en el estudio de la célula o del comportamiento del hígado ante un determinado estrés alostático, pero difícilmente se conseguirá solo únicamente a golpe de neuroanatomía o hepatología. Lo más probable es que también se tenga que abrir el foco a Cervantes y García Márquez, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos o al interés por civilizaciones como la egipcia, la inca o la azteca.
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