La última operación de don Juan carlos ha desempolvado el Título II de la Constitución y los dos artículos que, por incompletos y ambiguos, mantienen la figura del heredero al albur de unos usos dinásticos insuficientes para el ejercicio de la Jefatura del Estado. Si bien no puede en ningún caso asumir la tarea, existe consenso entre los expertos en que su papel de representación merece una regulación jurídica. La regencia o sucesión son dos condeptos escuchados estos días en los medios, en la calle y también en la sede de los partidos. Pero no en Zarzuela. El monarca no ha dado su plácet a una ley orgánica que regule su eventual renuncia o a un Estatuto del Príncipe. Los políticos están preparados, pero las cosas de Palacio van tan despacio que no les queda más remedio que esperar. A ellos y a don Felipe.
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