"Yo no entraré en el rifirrafe". El ministro del Interior (San Sebastián, 1951) es, por definición, hombre de batalla. Y le ha tocado lidiar con los momentos más dramáticos como en Ermua o ahora en Zaruz. Siempre aparentemente tranquilo, no se ha dejado llevar ni por la emoción ni por la rabia, repitiendo machaconamente el mensaje de que hay que aguantar y seguir con la misma política antiterrorista, "sin buscar atajos". Porque se reserva para el enemigo público número uno de casi todos los españoles y no gasta pólvora alguna en la contienda política. Más bien, al contrario, va apagando fuegos, alguno de ellos insensatamente encendido por algún compañero de partido, como el muy reciente sobre la eficacia de la Ertzaintza, tras los asesinatos de los concejales del PP en el País Vasco. Lo tiene claro: "El mayor fracado ante las embestidas de ETA es que además riñamos entre nosotros". Huye de broncas y se centra en un trabajo que en 1997 ha dado excelentes resultados: 88 etarras detenidos , tres comandos desarticulados y la liberación de Ortega Lara. Aunque ahora le silben continuamente las descalificaciones de los nacionalistas, que le han convertido, curiosamente, en el único ministro del Gobierno con el que se llevan de pena. Es, no obstante, el único caso, porque el Hombre del Año elegido por la redacción de Cambio 16, es el ministro del Gobierno que se lleva bien con casi todo el espectro político y, con diferencia, tiene la mejor imagen entre la sociedad- por encima de su presidente- de todo el gabinete del PP. Desde que se subió al coche ministerial blindado ha abandonado la bicicleta , su gran aficción. Se contenta con ver todos los partidos de fútbol que puede en los que juega su equipo, la Real Sociedad, y con podar los árboles de su casa de siempre- ahora sólo de fin de semana- en el campo, a no muchos kilómetros de Madrid.
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