A comienzos de agosto de 1898, la situación de la guerra con Estados Unidos era tan clara como desastrosa: los norteamericanos progresaban con escasa oposición en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Sus escuadras protegían los desembarcos y los avances de su Infantería e impedían el suministro de las tropas españolas, tanto a los buques neutrales como a los pocos que aún tenía España. El armisticio se imponía como mal menor, pero las condiciones del presidente norteameriano MacKinley eran tan duras que Sagasta decidió consultar a los prohombres de la política y del Ejército.
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