España, segunda potencia europea en el sector de la piel, ve consolidar sus débiles ascensos, tanto en exportación como en beneficios, a pesar de los cuantiosos cierres de fábricas, la contratación cero en sus industrias, los despidos continuados y la nula existencia de escuelas talleres para la formación de nuevas generaciones de profesionales del sector, ya sea en curtido, en marroquinería, en calzado o en peletería.
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