Los estudios de las últimas décadas han demostrado que entre los siglos XI y XIII se elaboró una riquísima autorepresentación del papado. Se acudió a una creatividad metáforica, simbólica y ritual que colocó en el centro de atención el mismo cuerpo del papa. Los estudios sobre el mecenazgo artístico pusieron en evidencia la plaza central de la Roma pontifical en el panorama artístico europeo, gracias a artístias como Pietro Cavallini, Jacopo Torriti y Arnolfo di Cambio. Inocencio III y Bonifacio VIII en concreto construyeron una inovadora estrategia de autorepresentación que recientes investigaciones exploraron a distintos niveles. El programa tenía por objetivo reforzar el simbólico acercamiento entre la figura del papa y la de Cristo, así como su aspiración por ser el "emperador verdadero". Con Bonifacio VIII, la simbólica del poder del papa conoce una máxima extensión. La tiara se convierte en el símbolo de la cumbre del arca e Noé, y las estatuas bonifacianas fundamentan la autorepresentación física del papa.
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