Durante la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 9815, el humorismo se reveló como el instrumento más eficaz para sortear la férrea censura gubernamental, tendiendo un puente de complicidades, de sonrisas y guiñadas de cautelosa picardía entre la prensa maordazada y sus lectores ávidos de información. Sólo los caricaturistas de los grandes periódicos y el semanario satírico Pasquim lograban publicar sus críticas más o menos veladas a la dictadura y señalar las fallas del "milagro" brasileño. Esta complicidad con el lector, salpicada de códigos y sobreentendidos y alimentada por la unanimidad contra la represión, fue el secreto del éxito de Ziraldo Alves Pinto, quizás el más importante caricaturista brasileño de las últimas décadas.
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