Cuentan que en la época de la fiebre del oro, llegó al lejano oeste George Smith, un lord inglés que por las apuestas había perdido toda su dote. A los once meses de arribo a California recibió un telegrama: "Felicidades, estoy encinta". Lo firmaba Marian, su esposa. Smith se puso más pálido que un papel. Ya no solo era su fortuna, ahora perdía también su dignidad. El telegrafista, que por traducir los mensajes se enteraba de vida y milagros de todo el mundo, alcanzó a sostener a Smith antes que cayera desmayado. "Tranquilo -le dijo-, hoy el telégrafo lo puede todo, ¡hasta fecundar a larga distancia".
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