¿Cómo pueden formularse políticas culturales, más o menos sensatas y racionales, cuando nadie parece realmente interesado en conocer esa magnitud esencial de las actividades culturales y de comunicación, que es la economía, particularmente cuando ella se ha convertido en la actualidad en la piedra angular de las preocupaciones de cada comunidad? Esta pregunta se hace el autor para analizar la realidad que viven nuestros países y concluir que hay poca preocupación al respecto.
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