El gerundio es una de las piezas del sistema de la lengua. Como todas ellas, indispensable e inevitable: no se puede hablar y menos escribir sin gerundios. Pero es una pieza que ofrece una curiosa peculariedad: la gran mayoría de los que atienden al buen uso de la lengua siempre le están echando miradas suspicaces. Y hasta hay didactas que la presentan como algo tan riesgoso que mejor resulta evitarla.
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