En la primavera de 1985, tras una década de trabajo, Claude Lanzmann (Bois-Colombes, Francia, 1925) daba por concluido el montaje de su segunda película, un proyecto al margen de cualquier planteamiento cinematográfico anterior. El resultado fue una cinta monumental y deslumbrante: Shoah. El film recogía de manera concisa, sin imágenes de archivo, fondos musicales, recreaciones dramáticas ni añadidos en la sala de montaje, nueve horas y media de exhaustivos testimonios de víctimas, verdugos y testigos de los campos de exterminio nazis. Su duración, su temática, su estética, su verdad rotunda en fondo y forma, su metodología y su ambición abrieron un debate todavía vivo sobre la función de la imagen y el cine como método de afrontar la memoria. Como señaló el periodista Jean Daniel al propio realizador tras una de las primeras proyecciones de Shoah, «esta película bien merece una vida».
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