Como si de un guión preestablecido se tratase, los acontecimientos se suceden en Siria en una secuencia que recuerda llamativamente el proceso que llevó a las potencias occidentales a intervenir de modo determinante en Libia, terminando con el Gobierno - y, a la postre, con la vida - de Muamar El Gadafi. Es ahora el presidente del único Estado laico que queda en el mundo árabe, Bashar el Asad, el que se encuentra en el punto de mira. Mientras Arabia Saudí, Túnez y los países del Golfo claman por una intervención militar directa, Estados Unidos, la Unión Europea y Turquía apuestan, de momento, por las sanciones contra Damasco. Rusia y China continuarán oponiéndose a toda clase de castigo y proponen la apertura de un diálogo amplio y la salida pacífica de la crisis
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