Los componentes del Cabildo catedralicio tenían el privilegio añadido de gozar de las atenciones profesionales de, al menos, un médico, contratado en exclusiva para el cuidado de su salud. Las Actas capitulares anotan sus bajas por enfermedad, los diagnósticos, tratamientos y particularidades de sus patologías y las circunstancias que acompañaban al proceso de su «Punto de Quartanario». Las certificaciones de los galenos eran sometidas a la aprobación de sus compadres, tanto para la primera ausencia como para las posteriores ampliaciones.
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