Las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado cubano atraviesan su mejor momento desde 1959. El cardenal Jaime Ortega y el presidente Raúl Castro han creado un ambiente de confianza que permitió, entre otras cosas, la liberación de todos los presos de conciencia y de miles de presos comunes. El escaso arraigo popular de la Iglesia católica cubana la obliga a asociarse al poder para lograr algún protagonismo nacional, en tanto que el gobierno necesitaba de un socio internacional con el peso del Vaticano. Todo esto ha quedado claro con la reciente visita del Papa a Cuba
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